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Pasar del pecho a la cuchara: temores y conquistas

Se trata de un cambio muy delicado, al que deberás enfrentarte de manera gradual y con mucha paciencia.

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En la vida del recién nacido, la lactancia es la experiencia que le permite entablar un vínculo exclusivo con su mamá; una etapa delicada y compleja que mucho más allá de definir físicamente el cuerpo-a-cuerpo entre madre e hijo, implica la esfera afectiva de los dos.

 

El niño amamantado se alimenta no sólo de la leche sino también de la atención y del amor que su madre le dedica; cuando ella le da el pecho él encuentra una forma de contacto única, capaz de satisfacer el hambre y al mismo tiempo recibir afecto y ternura. La lactancia es el vehículo por el que la madre transmite, junto con el alimento, su amor hacia el hijo: mientras lo tiene en sus brazos hace que se sienta protegido, seguro y sobre todo único. Él responde succionando y disfrutando de los cuidados maternos, contribuyendo así al primer intercambio entre madre e hijo.

 

Dar el pecho no sólo es una labor de madre, sino también una experiencia íntima que implica los aspectos más profundos de la identidad y la seguridad de la nueva mamá. Por esta razón la elección que concierne a la lactancia debe respetar la libertad individual de cada mujer que acaba de dar a luz. Por ejemplo: la elección de dar el pecho o el biberón tiene que ver con aspectos profundos de la feminidad, que abarcan el ámbito de la relación con su propio cuerpo y su rol de madre. De ahí la importancia de que cada mujer pueda usar la información y las recomendaciones de los expertos en sintonía con su personalidad y su estado de ánimo.

 

Solo una lactancia vivida como algo absolutamente armónico podrá representar una experiencia natural y satisfactoria para la mamá y para el niño. En especial, cuando una mujer es primeriza, las decisiones que conciernen a la lactancia pueden albergar temores ocultos: el miedo a no tener suficiente leche o a no ser capaz de soportar el cansancio que conlleva los primeros meses de vida del recién nacido. En ocasiones estos miedos son acompañados de un exceso de información alarmante, contribuyendo a transformar un proceso natural en un proceso patológico, el cual interfiere en el vínculo entre madre e hijo. Es importante subrayar que una buena lactancia natural es aquella que no dará problemas cuando finalice, que el niño no rechazará otras maneras de ser alimentado. En esta etapa tanto la madre como el hijo se enfrentan por primera vez a una separación física y afectiva, la cual será poco traumática si antes ha existido una buena comunicación entre ambos.

 

En el destete, asistimos a un importante cambio psicológico que será llevadero si madre e hijo están dispuestos a renunciar parcialmente a la presencia del otro. Antes de comenzar con el destete, deberás preguntarte si estás lista y si tu pequeño lo está. Es importante efectuar dicho cambio de forma gradual, sin sobresaltos. Cuando la lactancia natural ha sido una experiencia positiva y el destete empieza en el momento adecuado para los dos, la disminución gradual en el número de tomas y la introducción progresiva de alimentos sólidos no supone dificultades especiales.

 

Aun así se trata de un cambio muy delicado, que a veces pudiera ser complejo o doloroso. Hay que recordar que en la etapa de la lactancia al pecho es materialmente imposible satisfacer plenamente las exigencias del niño: es inevitable que todos los bebés sientan en algún momento que sus expectativas no son atendidas al 100% o en el momento que las reclaman y por tanto se sienten frustrados. Para el recién nacido la espera, es decir que no se le atienda inmediatamente a lo que necesita, constituye una experiencia decepcionante aunque al mismo tiempo es necesaria.

 

La espera obliga al niño a darse cuenta de que su satisfacción depende de la presencia de otra persona. Debe así aceptar, que su madre no puede estar siempre que él la reclama o en el momento justo que lo hace. Debido a estas pequeñas esperas tu hijo empieza a comprender que tú no estás siempre a su entera disposición; eso hará que también reaccione enfadándose y llorando, o incluso rechazando la papilla. Son respuestas presentes durante la lactancia que se intensifican en la etapa del destete: requieren tolerancia y comprensión. Enfadarse, regañarle o reaccionar con rechazo harán que el pequeño siga enfadándose, originando además muchos temores e incertidumbres. Ten en cuenta que en los meses del destete, el recién nacido en lugar de manifestar su estado de ánimo con el llanto o con las palabras, puede recurrir a la comida para comunicar sus emociones.